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ANDRÉS PIQUER ARRUFAT, MÉDICO-FILÓSOFO



La figura del «médico-filósofo» tiene profunda raigambre en la tradición médica española. Aragón es, posiblemente, la región que más ejem- plos de médico-filósofo puede presentar: Miguel Servet, Andrés Piquer, Santiago Ramón y Cajal, Pedro Laín Entralgo. En este apartado nos vamos a ocupar de Andrés Piquer, médico aragonés que se dedicó a la filosofía por exigencias de la propia Medicina.

En efecto, Piquer se encontró con una Medicina poca experimental. En la universidad de Valencia se enseñaba aún el sistema «galénico-arábigo» o la medicina aristotélica de Galeno. «Galeno sentó por principios de sus discursos los que sacó de la philosophia de Aristóteles, por donde en su Medicina no se oyen otras máximas que las de calentar, enfriar y otras a este modo». Pero «haciendo esto el médico no es racional, aunque diga Galeno lo que quiera». Así pues, los principios de la Medicina no son los razonamientos especulativos basados en la teoría hilemórfica de Aristóteles sino la observación y la experimentación de la naturaleza humana, como dijo Hipócrates, «el Príncipe de la Medicina verdadera». Según esto, la Medicina debe aprender de la filosofía moderna la base empírica de nuestros conocimientos. Así fue como Andrés Piquer se fue adentrando en el campo de la filosofía, llegando a ser la «figura de máximo relieve dentro de la mediocridad amorfa de nuestra filosofía del siglo XVIII».

La producción científico-filosófica de Andrés Piquer es abundante. Atendiendo al contenido, sus obras se dividen en Médicas y Filosóficas. Piquer escribió también Informes y Dictámenes, Discursos, Traducciones, Comentarios y Monografías varias. De estas obras, unas fueron publicadas directamente por el propio Andrés Piquer, y otras son Obras Póstumas, a las que hay que añadir los manuscritos inéditos. Andrés Piquer albergó la esperanza de poder escribir un tratado sobre cada una de las materias, pero su vida fue relativamente breve (61 años) y no pudo llevar a cabo su proyecto.

De las cuatro partes de la Filosofía, el aragonés escribió la Lógica (dos versiones), la Física (incompleta), la Filosofía Moral y sus reflexiones sobre la Religión. Dejó en proyecto la Metafísica, que debía tratar sobre Dios, los ángeles y el alma racional o animástica.

Para enmarcar en sus justos términos la actitud filosófica de Piquer se ha de tener en cuenta que él sólo aspiró a ser un médico eficaz, pero debido a su formación humanística y religiosa, puso su saber en la búsqueda del bien físico y moral del hombre. Por eso, Andrés Piquer no comienza a filosofar planteando dudas o recortando los límites del conocimiento humano, sino convencido de la existencia de la Verdad, la cual se nos da a los seres humanos refractada en múltiples verdades. El objeto de la filosofía, escribe Piquer, es el conocimiento de la verdad en toda su extensión: divina, humana y mundana. Un objetivo tan amplio convierte a la filosofía en una sabiduría.



a) La física



Andrés Piquer acostumbraba decir que «el médico empieza donde acaba el físico». En su primera obra, titulada Medicina vetus et nova (Antigua y nueva Medicina), escrita apenas salido de las aulas universitarias (1734), Piquer declara que la ciencia médica no tiene nada que ver con la metafísica, sino con la física. Ahora bien, la física válida en aquellos momentos era el mecanicismo atomista59. Once años más tarde Piquer publica su segunda obra, esta vez en castellano, proponiendo el mecanicismo como base teórica de la Medicina: Física moderna, racional y experimenta (1745)60. En Medicina el mecanicismo recibe el nombre de iatromecanismo (iatros significa médico/arte de curar) y de iatroquímica (el cuerpo es una máquina constituida por sólidos y líquidos). Estas ideas las desarrollará nuevamente en Tratado de las calenturas según la observación y el mecanismo (1751).

Piquer divide la Física en cinco partes, de las cuales tienen interés para la filosofía las relacionadas con la composición de los cuerpos y con la causa del movimiento. Respecto a la primera cuestión, Piquer admite la existencia de la «materia prima»: divisible, impenetrable, extensa y corpórea. La diferencia de los cuerpos procede de la forma de combinarse que presenta la materia primera en cada cuerpo. Ésta está compuesta de «partecillas», cuya magnitud y proporción posibilitan que se formen «texturas» o combinaciones que dan lugar a la gran variedad de formas corporales que observamos. En términos actuales, diríamos que esas texturas equivalen a las estructuras de los cuerpos, origen de la igualdad y diferencia existente entre los mismos. Con esta explicación Piquer desecha la teoría de la formación de los cuerpos a través de las formas sustanciales, excepto en el caso del hombre, cuya alma racional es forma sustancial del cuerpo humano. El movimiento es la causa de las operaciones de la naturaleza, el cual se rige por las férreas leyes establecidas por Dios. El movimiento es una manera de ser de los cuerpos. La causa del movimiento es Dios, pero actúa a través de causas segundas, que son todos los cuerpos, cada uno de los cuales actúa según su propio modo de ser. Para explicar algunos fenómenos físicos, como las fermentaciones, las aportaciones, el movimiento de los fluidos, etc., Piquer acude a la existencia del éter, a través del cual se propaga el movimiento sin que lo percibamos.

Andrés Piquer no fue un mecanicista materialista. Piquer era consciente de que las leyes generales de la física no explican los fenómenos particulares de la vida, por ejemplo, «el tipo de leche que crean las parturientas », a no ser que se admita la existencia de un principio vital extramecánico, el alma humana, que actúa como forma substancial del cuerpo. Es la única concesión que hizo Piquer a la filosofía substancialista de Aristóteles.

En los últimos años de su vida Andrés Piquer renunció del todo a los planteamientos mecanicistas debido al sistematismo o apriorismo que encerraban, y para alejarse definitivamente de toda sospecha de materialismo. Piquer no tuvo tiempo para redactar la segunda parte de su Física Moderna, tal como había deseado, pero las modificaciones antimecanicistas las dejó consignadas en otros trabajos, entre ellos Discurso del Mecanismo (1768).



b) La medicina



Andrés Piquer trasladó su residencia a Madrid al ser nombrado Médico de Cámara de S. M. (1751). Esto supuso para él un cambio profundo en su manera de pensar. La última obra escrita en Valencia fue Tratado de las calenturas, según la observación y el mecanismo (1751). La primera obra que publica en Madrid lleva el siguiente título: De medicinae experimentalis praestantia (Excelencia de la medicina experimental, 1752). En ella ataca sin contemplaciones el iatromecanismo y defiende el antisistematismo. Esta postura quedó reflejada también en las reediciones de Medicina vetus et nova a partir de la tercera edición (1758), y del Tratado de las calenturas, segunda edición (1760), de la que eliminó el subtítulo «según la observación y el mecanismo». En ambas obras expuso los fundamentos de su nueva actitud filosófica: el empirismo racional basado en la observación.

Hacía algún tiempo que entre los científicos españoles se había extendido la mentalidad antisistemática, conocida filosóficamente como empirismo. Los mentores intelectuales fueron los miembros de la Alte Wiener Schule (Giovanni Battista Morgagni, Albrecht von Haller) y el ya mencionado Thomas Sydenham, más los escritos hipocráticos, estimados como modelos de observaciones clínicas. Piquer publicó, de acuerdo con la nueva orientación empirista, Las obras de Hippócrates más selectas (1757-1770), en las que brilla a igual altura el Piquer humanista y el Piquer científico. El médico aragonés colocó a tres columnas el texto griego, latino y castellano, ilustrándolo con observaciones prácticas de los autores antiguos y modernos no escolásticos. En la Prefación al primer volumen (1757) expo- ne Piquer su postura antisistemática, es decir, anticartesiana o antiapriorística, porque la medicina es una ciencia esencialmente empírica:

«La principal diferencia que la juventud debe notar entre estos dos príncipes de la medicina consiste en que Hipócrates nada estableció que no lo fundase en observaciones bien hechas, y Galeno lo más de su medicina lo funda en razonamientos filosóficos; con que del uno al otro hay la diferencia que se halla entre un filósofo experimental y un sistemático. De ahí dimana que la medicina de Hipócrates es perpetua, porque lo son las leyes de la naturaleza que tiene por objeto; la de Galeno es mudable y poco constante, como lo son los razonamientos sistemáticos de la filosofía61.»

Ahora bien, esto no significa que Piquer quite importancia a la medicina teórica, porque la medicina, para ser ciencia, necesita ser racional. Observación, experimento y experiencia son los tres pilares de la medicina piqueriana. La observación es el principio y el punto de partida, y equivale a la percepción sensorial mediante la cual nos formamos las imágenes y las ideas de las cosas. El experimento es el hecho natural que observamos por los sentidos y se pinta en la imaginación. Consiste en una operación de la naturaleza o un efecto de la misma. La experiencia es el conocimiento racional que tenemos de una cosa o fenómeno natural deducido de las observaciones y experimentos. En este sentido, el método piqueriano ni es un experimentalismo puro, porque Piquer desconfía de los experimentos hechos en los laboratorios, ni es un empirismo puro, porque Piquer hace intervenir la razón para abstraer lo permanente que encierra la experiencia y reducirla a máximas y leyes generales. Entre el apriorismo de los sistemas y el empirismo de los sentidos está el experimentalismo, que combina observación y razón; pero el experimentalismo piqueriano no es el experimentalismo moderno de los laboratorios, que siempre le parecieron a Piquer artificiosos por su alejamiento de la información de los sentidos, única fuente de la verdad:

«¿Qué ventajas hemos sacado hasta ahora de las máquinas, del barómetro, del termómetro, ni qué observaciones fijas nos han dado sobre el modo de obrar de la naturaleza?».

En este punto Piquer parece aproximarse a la inducción baconiana. Francis Bacon y Andrés Piquer coinciden al afirmar que el objeto de la ciencia no es el conocimiento de las esencias de las cosas (o de las enfermedades), sino la descripción de los fenómenos físicos con objeto de establecer correspondencias generales entre ellos. Sin embargo, esta intuición científica no cuajó en una teoría científica moderna porque a los dos les faltó fe en los sistemas operativos y en la ciencia matemática, convertida definitivamente en el lenguaje de la ciencia moderna. En este sentido, tanto Francis Bacon como Andrés Piquer son dos pre-modernos.



c) La lógica



La inclusión de Andrés Piquer en la Historia de la filosofía española está motivada principalmente por ser el autor de un tratado de Lógica que, en palabras de Menéndez Pelayo es «la mejor, la más razonable y más docta del siglo XVIII».

La primera edición de la Lógica data del año 1742, cuando Piquer contaba 36 años de edad. Hacía un año que el médico aragonés había entrado en el ámbito de la influencia social e intelectual de Gregorio Mayans, quien tuvo la gentileza de escribir la Aprobación. Andrés Piquer tituló la obra: Lógica Moderna, siguiendo la línea de sus dos obras anteriores: Medicina vetus et nova (1735) y Física moderna racional y experimental (1745). El significado de la palabra «moderna» aplicado a la Lógica, lo aclara Mayans en la Aprobación:

«Pues bien examinada su lógica es aristotélica, a la que añade el modo de explicarla, que es el que le da el atributo de moderna». La Lógica Moderna lleva este subtítulo: Arte de hallar la verdad y perfeccionar la razón. El parecido con el título de la conocida obra de Descartes, Discurso del Método para conducir bien la razón y encontrar la verdad en las ciencias, y de la Lógica de Port-Royal, La Logique, ou l’Arte de penser, contenant, outre les regles communes, plusieurs observations nouvelles propres à former le jugement (Paris, 1662), parece fuera de duda. Ello no quiere decir que Piquer sea un cartesiano. Ambos son modernos, pero por distintos motivos. Descartes puso entre paréntesis la tradición filosófica para crear una filosofía nueva, mientras que Piquer no necesitó romper con la tradición para ser moderno. «De ninguna manera pues, escribe Mayans, se opone a la antigua; y los que lo han intentado hasta hoy han manifestado no haberla entendido, ni aun estudiado».

En las primeras líneas del Prólogo expone Andrés Piquer la orientación criteriológica y metodológica de su Lógica Moderna. Por una parte, Piquer busca establecer un criterio para distinguir la verdad del error, tanto a nivel objetivo (epistemológico) como subjetivo (psicológico). Por otra, Piquer desea mostrar que la lógica es un saber práctico porque es la base de todas las ciencias:

«Todos los hombres que desean hallar la verdad, han de cuidar mucho en perfeccionar el juicio. Por esto trabajaron tanto los filósofos en señalar reglas y máximas para gobernar bien el juicio, e inventaron la lógica, la cual no es otra cosa que el Arte de hallar la verdad y perfeccionar la razón.»

La primera edición de la Lógica (1742) es una obra relativamente breve. El objeto de esta Lógica es la rectitud del juicio. De las tres operaciones del entendimiento (concepto, juicio y raciocinio) Piquer se centra en la segunda, el juicio, lugar de la verdad y del error. No se interesa por el raciocinio, un saber esencialmente formal que tiene por objeto los términos o signos, es decir, las palabras con sus significados y las relaciones entre significados, sino por la aprehensión de la verdad por el espíritu humano y la recta ordenación de la misma a sus debidos fines. Piquer publicó la segunda edición el año 1771, un año antes de su fallecimiento. Esta edición contiene importantes novedades, entre ellas la eliminación del adjetivo «moderna» en el título y la supresión de todo el subtítulo, quedando reducido el título a una sola palabra: Lógica. También desaparece la Censura o Aprobación de Gregorio Mayans (la amistad entre el aragonés y el valenciano pasó por un largo periodo de enfriamiento y de silencio), y, en su lugar, pone Piquer una larga Introducción (I-XLII). El libro concluye con un Discurso sobre el uso de la lógica en la Religión, que fue publicado también por separado. En la segunda edición se nota una mayor profundización metodológica y crítica respecto de la primera edición. De las palabras del propio Piquer se deduce que la reelaboración de la Lógica fue el fruto maduro de casi veinticinco años de reflexión y estudio. A pesar de lo mucho que han escrito los modernos sobre lógica, Piquer estaba convencido de que la Lógica de Aristóteles no había sido superada:

«Considerando al mismo tiempo que la única y verdadera Lógica es la de Aristóteles, he procurado hacer el principal fondo de la mía Aristotélico, siguiendo la doctrina que este gran filósofo propuso en los libros lógicos que antes hemos manifestado».

Una opinión semejante mantendrá algunos años después el filósofo Manuel Kant:

«Que la lógica… de Aristóteles al presente… tampoco ha podido hasta la fecha, avanzar un paso, presentándose según todas las apariencias como perfectamente conclusa y rematada » (CRP B, VIII, 1781 y 1787).

Si en la primera edición Piquer había definido la lógica como «arte de hallar la verdad y perfeccionar la razón» (el juicio recto), en la segunda edición se centra en el raciocinio: «Es, pues, la Lógica artificial arte de descubrir la verdad por el raciocinio». La materia de la lógica es, pues, el silogismo o raciocinio, y su fin es el descubrimiento de la verdad mediante los silogismos. Se llama Arte a la lógica porque «la fuerza natural de raciocinar » ha sido reducido a reglas, con las cuales se forman los silogismos o raciocinios correctos. Una cosa es la lógica natural que empleamos casi inconscientemente en el ejercicio ordinario del pensar, y otra cosa es la lógica artificial o conjunto de reglas para formar raciocinios correctos, que es obra de personas «de buen ingenio».

Piquer insiste en que no hay que confundir la razón con el raciocinio. La primera comprende los primeros principios del entendimiento, que son también principios de la realidad. Sin ellos no es posible formar raciocinios, por ser la base de todo discurso racional. Esos principios son primeros e indemostrables. La Gramática, la Retórica y la Lógica son tres artes particulares cuyos principios, a diferencia de lo que ocurre a las demás artes o ciencias, son transcendentales o comunes a todas las cien- cias. En efecto, todas las ciencias se sirven del habla y de las reglas de la sintaxis, así como del raciocinio o discernimiento de la verdad de lo que no lo es. De ahí deriva la naturaleza formal de la lógica. De ella se sirven todas las ciencias, pero ella no juzga sobre la verdad o no verdad de los principios de cada ciencia particular: «Ninguno es científico porque sea lógico; y yerran los que con el estudio sólo de la lógica se creen aptos para disputar, discernir y juzgar las verdades de las ciencias». Así pues, la tarea del científico y la del lógico son distintas, y cada uno tiene su propia demarcación de acuerdo con el campo de investigación que le corresponde: la ciencia es un instrumento de conocimiento de la realidad, y la lógica es un método formal del que se sirven las ciencias particulares para dar a sus resultados la categoría de científicos.

Hemos visto que la Lógica es la ciencia del raciocinio o de la prueba deductiva: ordena en silogismos las verdades científicas previamente dadas con el fin de deducir nuevas verdades. Esto nos conduce necesariamente al problema genético-psicológico de nuestros conocimientos. Piquer distingue entre «sentidos, imaginación y memoria» (facultades comunes a todos los animales) y entre «ingenio y juicio» (las facultades superiores).

El ingenio combina las imágenes que nos formamos con la colaboración de los sentidos, y el juicio afirma o niega la verdad representada. Según Piquer, la lógica pertenece al dominio del ingenio, una facultad inferior a la del juicio, al cual compete ponernos en relación con la verdad. La razón estriba en la distinción anteriormente señalada entre la lógica como método común de las ciencias y la lógica como instrumento de conocimiento de la verdad. En el primer caso, el lógico ordena y establece relaciones entre las verdades hasta llegar a los primeros principios o axiomas de cada ciencia. El ingenio está especialmente dotado para esta combinatoria de las imágenes y de las verdades entre sí. El raciocinio o silogismo, en cuanto método que establece deducciones o secuencias entre dichas verdades, es obra del ingenio. Al juicio, en cambio, le corresponde afirmar o negar la verdad representada. Al desligar el ingenio del ámbito poético-literario, como habían hecho los escritores del Barroco, y haberlo relacionado con la ciencia, Piquer está dando al ingenio una capacidad que no había tenido hasta entonces. Con el Romanticismo, el ingenio se unió al entendimiento, revalorizando de esta forma a la imaginación creadora.

Otro principio básico de la modernidad asumido por Piquer se refiere al origen empírico del conocimiento humano. La ciencia es una síntesis de experiencia y de razón. La simpatía de Piquer hacia el empirismo inglés aparece ya en la primera edición de la Lógica, a pesar de que no cita ni a Hobbes ni a Locke. En la segunda edición se muestra más explícito, pero su aceptación del empirismo no es total, pues siempre deja a salvo las cuestiones relacionadas con la religión y la moral cristiana. De ahí que Piquer no rompa totalmente con Descartes, porque es un filósofo cristiano, ni se declare totalmente seguidor de Locke, porque es un filósofo que puede llevar al materialismo. Por una parte, Piquer rechaza el innatismo cartesiano, porque, de ser cierta esta teoría, habría que afirmar que el feto piensa mientras está en el seno materno. Por otra parte, no queda más remedio que admitir el origen no material de algunas ideas universales de naturaleza espiritual que tenemos todos los hombres, como las ideas de Dios, verdad, alma y hasta el mismo pensar. Nuevamente pone en funcionamiento Piquer el eclecticismo neohumanista.

Posiblemente, más que el innatismo, Piquer defiende que el entendimiento humano posee una fuerza innata para razonar, lo cual «parece una solución más próxima a Kant que al racionalismo cartesiano». En efecto, Piquer no explicita cuál ha sido el origen de esos axiomas o aprioris lógicos, metafísicos y morales que posee el entendimiento («el todo es mayor que la parte», «hay que hacer el bien y evitar el mal», etc.), ni su función epistemológica. Únicamente defiende que son certísimos y que no necesitan prueba. Piquer parece afirmar aquí que el entendimiento humano está dotado de una potencialidad operativa previa a cualquier percepción, aunque luego opere sobre ella.

Como Piquer no fue filósofo de profesión sino médico, por eso, en lugar de centrarse en el análisis de la potencia operativa de la razón analizando la naturaleza de los juicios, al estilo de lo que hará algunos años después el filósofo Kant, se limitó al análisis de la experiencia como origen o fuente de las verdades. La experiencia, escribe Piquer, es la fuente de la mayoría de las verdades. Distingue tres clases de verdades humanas: evidentes (matemáticas, geometría), ciertas (Fe) y probables (experimentales o pertenecientes a las Artes y a las Ciencias). Toda verdad se da en el juicio; por tanto interviene en él la voluntad del que juzga. Por esto es importante ofrecer al entendimiento alguna clase de ayuda para el buen uso de la razón. A este fin dedica Piquer el capítulo XIII de la Lógica. Puesto que las verdades religiosas se rigen por otra lógica, Piquer prefiere centrarse en la verdad de las cosas humanas. Resume en diez reglas un «código de lógica» para asentir con seguridad en las «cuestiones de hecho», no «de derecho». Estos criterios son aplicables, sobre todo, al conocimiento de la historia.

La primera regla plantea el rechazo de cualquier hecho que encierre contradicciones (principio de contradicción). La segunda regla afirma que sólo la posibilidad no certifica la existencia. La tercera regla afirma que la verosimilitud debe acompañar también a un hecho que se afirma como posible y existente. La cuarta regla declara que para creer en los hechos contingentes no basta con que éstos sean verosímiles; debe haber además algún testimonio de los mismos. La quinta regla se refiere a la calidad de los testimonios aportados y al cuidado y exactitud de las observaciones realizadas. La sexta regla enseña que un solo testigo puede ser de mayor fiabilidad que diez mil. La calidad moral de un testigo o la opinión de un médico valen más que las habladurías de muchos o que las creencias médicas de todo un pueblo. La séptima regla afirma que el testimonio contemporáneo a un acontecimiento es más digno de asentimiento que el de autores posteriores. La octava regla se refiere al consentimiento general: la convergencia de testimonios independientes, sobre todo si emanan de adversarios o de personas de formación distinta, ha de ser considerada por probatoria. La novena regla afirma que el silencio de algunos escritores suele ser prueba de no haber sucedido un hecho, porque se supone que los escritores dicen la verdad. La décima regla aconseja no creer ciegamente a los demás, sino guardar la propia libertad frente a los sistemas, a las doctrinas y a los autores. Además, se deben poseer conocimientos amplios de las más ciencias posibles.

d) Humanismo moral y religioso



Andrés Piquer vivió entregado totalmente a la Medicina, pero más como médico que como investigador. «No hay enfermedades sino enfermos », repite Piquer, añadiendo a continuación: «hay enfermedades corporales y enfermedades morales-espirituales». En este sentido, al médico aragonés le preocupaba el hombre real, la persona que está necesitando ayuda médica y moral. Brilla en Andrés Piquer un humanismo que deriva de su profundo sentido humano, y otro humanismo de tipo cultural que tiene sus raíces en la coyuntura intelectual que vivió en Valencia al contacto con Gregorio Mayans. Si el primero le llevó a solidarizarse con todos los hombres, especialmente con los que sufren, el segundo fue un estímulo poderoso en su tarea de renovación de la ciencia y de la filosofía españolas. Resulta altamente elocuente el hecho de que dedicara sus principales libros «a la juventud española», señal inequívoca de su mentalidad humanista e ilustrada: benéfica, educativa y moral.

A pesar de que Piquer no tuvo tiempo de acabar de redactar el programa filosófico que se había trazado, sí dejó las bases sobre las que pensaba construir su filosofía. Andrés Piquer afirma la unidad de la persona humana frente a los dualismos de tipo cartesiano y leibniziano: «En el hombre hay alma racional, espiritual, inmortal y criada por Dios, la cual se debe considerar como verdadera forma sustancial, realmente distinta de la materia, origen y raíz de todas las operaciones humanas» (Física, II, n. 39 y 43). El alma humana, añade Piquer, es espiritual y no ocupa un lugar concreto dentro del cuerpo humano. En cuanto a la idea de Dios, Andrés Piquer defiende que esta idea es connatural al hombre, única concesión que hace al innatismo, pues no ve otra explicación de un hecho tan uni- versal como éste: todos los hombres descubren por sí mismos, o tienen capacidad para hacerlo, algún vestigio divino en sí mismos o en la naturaleza. Igualmente, Piquer afirma que nuestras ideas de Dios son imperfectas en cuanto al modo de representar la esencia divina.

En su Filosofía Moral (1755) Piquer trata de estos temas metafísicos desde el punto de vista práctico:

«Los Teólogos Morales suelen tratar sus asuntos de manera que sólo los entienden los que de propósito se dedican a estudiarlos; por el contrario la Filosofía Moral tiene por principal libro la razón que se halla en todos, y así es útil al viejo y al joven, al pobre y al rico, sin excepción de personas y naturalezas, porque ninguno hay por rudo que sea, que si pone atención no pueda entenderla.»

Piquer da por sentado en esta obra que sus lectores son cristianos; por eso dice que el bien buscado por todos los hombres, así como la felicidad deseada por todos ellos, coincide con el Bien o la Felicidad sobrenaturales. Sin embargo, Piquer no abusa de los argumentos patrísticos y religiosos, pues acude a la tradición filosófica «pagana» tanto o más que a la tradición patrística para apoyar los principios morales en la recta razón, que es la razón universal. La expresión «recta razón», repetida a la largo de la Filosofía Moral de una forma machacona, comprende la razón natural manifestada en sus principios generales y universales.

A pesar de que Piquer expone con bastante detenimiento la naturaleza psicológica del hombre (instintos, apetitos y pasiones), el hombre es para Piquer un ser esencialmente racional y libre, en el que todos los movimientos relacionados con la libertad deben estar gobernados por la razón.

El hombre no puede actuar al margen de lo que le dicta la recta razón. Así, el amor propio, que dimana de la inclinación natural que todos los hombres tienen al Sumo Bien, «si no se sujeta a la razón acarrea muchos desórdenes» (Filosofía Moral, II, XXIII).

La concepción moral de Piquer es un intermedio entre el estoicismo, que desestima por completo las pasiones, y el epicureísmo, que trata de complacerlas. El término medio representado por Aristóteles consiste en moderar las pasiones. Piquer trata ampliamente de las pasiones, pero desde el punto de vista moral, es decir, como movimientos suscitados por el apetito sensitivo. Lo que diferencia al hombre del animal en cuanto a la naturaleza de estas energías es el carácter moral que adquieren en el hombre. En este sentido, Piquer se aleja del tratamiento psicológico que algunos filósofos modernos, como Montaigne, Descartes y Espinosa habían hecho de las pasiones en cuanto «afecciones» del alma. Piquer pone el énfasis en la descripción exhaustiva de los vicios y de las virtudes del hom- bre. El método empleado no es el introspectivo sino el sintético. Este método no permite ahondar en las causas de la acción humana, que Piquer suele reducirlas simplistamente al principio de utilidad. Andrés Piquer analiza los apetitos y pasiones partiendo del amor propio, y señala que para formarse en la virtud y alejarse del vicio, se precisa la educación, el buen ejemplo y la mortificación. El peso de la moral religioso-cristiana es muy grande en la Filosofía Moral de Andrés Piquer.

Vista la Filosofía Moral de Piquer con ojos exclusivamente filosóficos, está claro que no ofrece especial originalidad, a no ser el hecho mismo de haberla escrito en español y haberla destinado a todos los jóvenes, fueran o no universitarios. Esta obra forma parte del proyecto humanístico-religioso de Piquer, que busca tanto la formación religioso-moral como la formación científica del joven. Piquer tenía ante sí el ejemplo de otros humanistas: Juan Luis Vives, Luis Antonio Muratori y Gregorio Mayans, autores todos ellos de obras de filosofía moral, los cuales se adentraron en el estudio de la psicología humana como medio para la formación del carácter moral. Piquer, en cambio, dio a su Filosofía Moral un carácter esencialmente deontológico: el Libro primero está dedicado a las «obligaciones del hombre hacia Dios» (cap. I-XI), el Libro segundo trata «de las obligaciones del hombre hacia sí mismo» (cap. XII-CIII), y el Libro tercero trata sobre «las obligaciones del hombre hacia los demás hombres» (cap. XIVCVII).



e) El eclecticismo



El eclecticismo, antes de convertirse en una doctrina filosófica del siglo XIX, fue una actitud humanista, propia de personas que buscaban el equilibrio entre lo antiguo y lo moderno, lo natural y lo sobrenatural, lo interior y lo exterior. Los jesuitas de Cervera y Salamanca, así como el grupo de humanistas de Valencia, fueron los pioneros de esta actitud intelectual en España. Andrés Piquer no hizo de la Antigüedad clásica un objeto de devoción, y tampoco se dejó ofuscar por el brillo de lo moderno: «Yo sigo la Filosofía Ecléctica, esto es, aquel modo de filosofar que no se empeña en defender sistema alguno, sino que toma de todos lo que parece más conforme a la verdad» (Física Moderna, IV, 4). A los jóvenes les recomienda «sacar de todos los filósofos las verdades que hayan escrito, para aprovecharse a sí y al público con ellas, y procurar entender con fundamento la consonancia o disonancia que los nuevos sistemas filosóficos tengan con los principios de la Religión»66. Así entendía Piquer el eclecticismo, como un modo de ser fiel al presente conservando lo válido que nos ha legado el pasado. Un hijo de Piquer, el sacerdote Juan Crisóstomo, retrató esta faceta de filósofo ecléctico de su padre en las Memorias que escribió, con las siguientes palabras:

«Para evitar estos inconvenientes se dedicó Don Andrés a observar lo que hay de más cierto y más bien probado en los escritores antiguos y modernos, y sacar sólo lo mejor y más acendrado, que pudiese más bien servir para formar un cuerpo de doctrina; y deseaba que sus discípulos hiciesen con él lo mismo que con los demás antecesores.»

Andrés Piquer no construyó edificios mentales imperecederos, pero sí contribuyó a crear con sus libros y con su enseñanza las condiciones necesarias para introducir un cambio de orientación en la enseñanza universitaria, de la que tan necesitada estaba nuestra Nación. Los avatares de la política española de finales del XVIII y de casi todo el XIX agostaron aquella siembra piqueriana y la de tantos novatores, eclécticos y humanistas que, a lo largo del siglo XVIII, trabajaron por la renovación de la ciencia española.




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